Las historias son una forma de conocimiento.
Siempre me ha gustado escribir. Mucho antes de que se hablara de storytelling, descubrí que una buena narración puede comunicar ideas complejas con una claridad que a veces los informes y los ensayos no consiguen.
La investigación me ha permitido comprender cómo las personas y las sociedades toman decisiones. La narrativa me ofrece otra forma de explorar esas mismas preguntas, utilizando la ficción para representar procesos sociales, dilemas humanos y escenarios de cambio.
Mi primera novela, Traidor por mayoría, nace de esa convicción: algunas historias permiten comprender la realidad desde perspectivas que un informe o un artículo académico no siempre alcanzan.
Como socióloga, encontré en la literatura un espacio para explorar preguntas sobre el poder, la memoria, el cambio social y el comportamiento humano. La ficción permite imaginar escenarios, poner a dialogar distintas perspectivas y condensar, en la experiencia de un personaje, procesos que afectan a toda una sociedad.
De esa inquietud nació Traidor por mayoría, una novela que imagina la reconstrucción de una sociedad después de una dictadura inspirada en procesos históricos reales. Más que una historia política, es una reflexión sobre cómo las decisiones colectivas, la cultura y la memoria moldean el futuro.
Con el tiempo comprendí que esa capacidad para construir narrativas también fortalece mi trabajo como investigadora. Analizar datos es solo una parte del proceso; comunicar los hallazgos de forma clara y coherente es otra. Hoy esa habilidad forma parte de lo que conocemos como storytelling: convertir información compleja en relatos que conecten ideas, contexto y evidencia.